El reto de Adela
Adela va a recibir una visita en su casa a las dos del mediodía. Se despierta a las doce. A pesar de que ha dormido durante más de diez horas, gracias a los somníferos, siente su cuerpo como una carga pesada. Entre bostezos y resoplidos se mueve con torpeza de un lado a otro de la cama.
A las doce y cuarto, Adela sale de su habitación. Quedan menos de dos horas para que llegue Alberto, un amigo de la universidad, que no ha visto durante muchos años. Atraviesa el pasillo a paso lento, con pies de hierro. Viste un camisón blanco que ya amarillea repleto de salpicaduras de colores. Entra en la cocina y va directa a la fregadera. Dentro hay una montaña escabrosa de platos con pegotes de comida, también vasos sucios. Enjuaga uno de éstos con agua fría. Después lo llena de leche. Apenas consigue dar un sorbo. Apoya las palmas de sus manos en el borde metálico de la fregadera, inclina la cabeza y con los labios tensos intenta controlar la lucha interna de líquidos que se esta produciendo en su interior. Muchas mañanas los nervios se acumulan en su estómago y no le dejan desayunar. Otros días lograba beber medio vaso de zumo de piña o comer medio plátano.
Mira el reloj de pared, las agujas han caminado hasta las doce y media. Tiene que preparar la comida, limpiar la cocina, ducharse, vestirse. Le faltan fuerzas. Escucha las palabras cercanas de su psicólogo. El le dijo que aquella visita tenía que ser una motivación para ponerse guapa y preparar una buena comida.
Deja sobre la mesa puerros, zanahorias, cebollas, patatas y alubias verdes. Se ha propuesto preparar una crema de verduras, a Alberto le encantaba ese plato. Trocea todos los ingredientes con manos temblorosas, a continuación los echa dentro de una olla con agua.
Después va al baño y se mira en el espejo, al principio de reojo, posteriormente de frente. Ve unos ojos hundidos en un valle negro, su pelo encrespado y una piel surcada por caminos que ya han dejando huella. Imagina que Alberto seguirá teniendo el mismo aspecto que recuerda. Cuando hablaba o sonreía se marcaban dos hoyuelos en cada una de sus mejillas.
Ellos dos se conocieron en primero de Trabajo Social y compartieron piso durante unos años. Pasaban horas, incluso días encerrados en la misma habitación, rodeados de apuntes y libros. Cuando no estudiaban abundaban las conversaciones despreocupadas, entre risas. Entonces Adela se perdía en sus ojos color miel. Casi todos los sábados salían de copas y volvían a casa de madrugada, con algo de alcohol en el cuerpo. Aquellas noches dormían en la misma cama.
Adela recuerda todo aquello con una expresión diferente en la cara. Brillan sus ojos como dos farolillos en la noche y sus labios se han destensado. No tiene tiempo de percatarse de ese cambio. Huele a quemado. Corre a la cocina. La olla resopla malhumorada bocanadas de humo. Apaga el mando correspondiente de la vitro cerámica. El agua se ha evaporado. Parte de los puerros, zanahorias y demás se han transformado en una masa pastosa. Al instante sus ojos se encharcan en un mar de lágrimas. Solloza mientras se llama inútil, ni siquiera ha sido capaz de preparar la comida. Adela piensa que no va a recibir a Alberto. No quiere verle. Además él se fue a Alemania cuando acabó la carrera a hacer un master, prometió volver pero no lo hizo, nunca dio señales de vida. Por aquel entonces el corazón asfixiado de Adela se enganchó a un tal Miguel, después a un Pedro, a un Pablo hasta que terminó en compañía de su amiga la soledad.
Se toma dos pastillas de noctamid y se mete en la cama.
A las dos el timbre suena en varias ocasiones, pero para entonces, Adela ya duerme profundamente.
miércoles, 15 de julio de 2009
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